familiaVale la pena recordar que los niños y jóvenes se fijan en los adultos, y hemos de comportarnos de forma coherente con lo que exigimos.

Seguro que recientemente habremos seguido los informes, las noticias, y los debates consiguientes, sobre la difícil y no siempre exitosa educación de nuestros jóvenes. Tenemos claro que hemos de mejorar la educación, tanto reglada como familiar y no formal. A este respecto hay dos puntos recurrentes que son: La autoridad y saber educar mejor para la libertad.

 

Pues sí, nadie duda que la libertad es la medida de la dignidad y de la grandeza del hombre. Hemos de educar en libertad y para la libertad, para lo cual va a ser imprescindible ayudar a los más jóvenes, y a nosotros mismos, a conocer la verdad sobre el hombre, a querer poner en valor la ley moral que en el fondo del corazón llevamos todos.

¡Y la autoridad! Que interesa mucho no confundir con el poder, que es mera capacidad de coerción. La autoridad está basada en el origen de uno, en el hecho de que alguien ayude a otro a “nacer”, a ver cuál es el sentido de su vida.

Al hablar de todo esto, vale la pena recordar que los niños y jóvenes se fijan en los adultos, y hemos de comportarnos de forma coherente con lo que exigimos. Somos modelo, queramos o no. Además, a padres y educadores es habitual que hijos y alumnos nos prueben con su actitud y conducta. Quieren saber hasta dónde pueden llegar y cómo reaccionamos los mayores. Hemos de saber qué decir y hacer, y deberemos ser fuertes para no ceder sin necesidad.

Sea como sea, la razón y el afecto les van a ayudar a reconocer la autoridad como un bien. Es así como hijos y alumnos crecen en el gobierno de sí mismos, incluso tienen capacidad de ser autoridad para ellos mismos: Frente a un acto mal realizado verán atractiva la posibilidad de mejorar; y notan la satisfacción por haber sido sensatos y haber rectificado. Son conscientes de la propia dignidad y la defienden.

Es aquí donde padres y educadores hemos de poder planificar y concretar, actuaciones bien fundamentadas, con objetivos adecuados a la edad y circunstancias de hijos o alumnos.

Aunque el chico o chica debe saber lo que hace mal, no hemos de hundirlo con nuestras correcciones. Si es necesario reprender, lo haremos a solas, aunque sea preciso esperar.

Por todo ello, hemos de dedicar más tiempo. Tiempo en el que aprenderemos a encontrar el equilibrio entre la necesaria exigencia que las chicas y chicos reclaman y la justa autonomía que es bueno concederles para un óptimo desarrollo.

Es cierto que en estos asuntos concretos y tan humanos, las cosas no siempre son fáciles y evidentes, pero hemos de poder fijar unos límites, en los que sí se debe actuar con una energía proporcionada a la necesidad educativa de cada momento.

Al marcar límites ha de quedar manifiesto qué es lo que no se puede hacer, qué es un error, qué es una conducta inaceptable. Esta limitación negativa no es autoritarismo y es de gran importancia pues elimina una larga serie de conductas injustificadas, inadmisibles, que hay que rechazar. Podrá quedarnos alguna vacilación respecto a la licitud o conveniencia de las conductas positivas, pero es enorme el valor que encierra la evidencia de lo que no se debe, ni puede, hacer.

En todo caso, importa mucho enunciar, y vivir y ver vividas, conductas que susciten estimación, adhesión sin reservas. Ellas serán sustento firme, posibilitarán seguir adelante sin vacilación, con la seguridad de que el punto de partida es justo y bien cimentado. Eso es autoridad, eso es libertad: Una referencia, un ascendiente.

Algunas ideas, clasificadas por edades, sobre cómo pueden ejercer bien la autoridad padres y educadores, pueden ser las siguientes:

De 0 a 4 años

Con el nacimiento de un hijo, el padre se implica más y la maternidad es clave en el desarrollo. Interesa combinar exigencia y cariño. La capacidad de exigir la han de ejercitar papá y mamá. Si es preciso debemos acompañar físicamente al niño para cumplir lo acordado. Algunas sanciones inmediatas y leves se pueden aplicar. Interesa distinguir claramente lo importante de lo secundario y no ablandarse ante los llantos caprichosos de los niños y niñas de esta edad.

De 4 a 7 años

En estos años han de poder empezar a controlar claramente los impulsos, aguantar algo molesto y esperar con paciencia algo que agrade mucho.
Ahora los niños razonan mejor y han de ser más controladas las desobediencias. Dar más explicaciones sobre los límites y el por qué de ciertas normas. Es preciso pensar bien qué exigir, qué encargos de servicio proponer, que hábitos o virtudes trabajar especialmente. Sancionar evitando que quede rencor en los hijos o alumnos.
Importa mucho la sintonía entre padre y madre para valorar equilibradamente el comportamiento de las criaturas.

De 7 a 10 años

¡Actuar siempre que sea preciso! Ahora, especialmente, las criaturas pueden aceptar gran número de obligaciones o responsabilidades. Tienen cierta autonomía en desempeñar tareas que entrañan esfuerzo.

Es preciso medir mucho las sanciones y nuestras reacciones ante la desobediencia.
Han de ver lo bueno, coherente y adecuado de las normas establecidas.
Motivar de manera creativa que ejerciten el sentido común para superar los límites, en caso de necesidad, pues éstos no son un fin sino un medio. No cumplir por cumplir.

Preadolescencia

Hemos de ser capaces de lograr un ambiente cordial en la convivencia con jóvenes preadolescentes. Hemos de trabajarnos el “prestigio” hacia nuestros hijos y alumnos. Evitar “coleguismos”. Mostrarles valores atractivos y altos ideales. Paciencia ante las pequeñas rebeldías. Hablar entre padre y madre para contrastar datos. Evitar dramatismos. Hablar con profesores y otros padres para objetivar.
Intuir deseos que puedan tener. Que vean que un NO, puede ser un SÍ a algo mejor.

Adolescencia

Personalizar el trato. Pasar de unas normas familiares a unos límites individuales.
Que las críticas y correcciones vayan combinadas con elogios. Evitar ira o agresividad.
Orientar en la priorización de objetivos. Mostrar comprensión y respetar privacidad.
Dar más libertad y autonomía según la responsabilidad demostrada.
Llegar a mandar aun a riesgo de equivocarnos. Ayudarles a organizarse. Que vean que el amor va unido a la renuncia y al servicio. Motivar un diálogo continuado y reflexivo.

En fin, para mejorar la autoridad-comunicación-prestigio con los jóvenes en general y para educarlos en una libertad responsable, importa mucho que nos vean con espíritu deportivo, sinceros y luchadores. Establezcamos normas y límites pero de común acuerdo. Imprescindible será nuestra coherencia y confianza, y la disponibilidad para hablar sin prisas. Preparemos temas que veamos necesario sacar en la conversación, aunque puedan ser embarazosos.

Y no olvidemos que para educar bien hemos de acercar a los hijos y alumnos, y acercarnos nosotros, a la realidad, a la naturaleza de las cosas. Pero, para eso, nos sobra tanto lo superfluo…

Publicado en 
http://es.catholic.net/imprimir/index.phtml?ts=5&ca=32&te=399&id=44094

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